A tortas con la piba

Ojo, la comisión para la investigación de los malos tratos avisa: el 80 % de las chicas piensa que se puede maltratar a quien se quiere, y el 75 % de los chicos considera también que no existe relación entre la falta de amor y el maltrato. ¡Amar duele! La peña lo tiene clarísimo.

Asusta este oscuro «machismo de instituto» que se abre paso entre apuntes de Lengua y pegatinas de Cupido, mientras el docente se parte el pecho por una pedagogía de la convivencia y el entendimiento.

¿Cuántas campañas de prevención son necesarias para que los jóvenes dejen de vincular amor y violencia?, ¿qué está pasando para que un porcentaje tan alto crea que es posible maltratar a la pareja y quererla al mismo tiempo?

Desgraciadamente, por mucho esfuerzo transversal que se haga en el aula, y me pones en diez líneas «quién te quiere de modo enfermizo», y me copias cien veces «no hay amores que matan», la vida no cabe en una pizarra, y es ahí fuera, al otro lado de la verja, donde – para bien o para mal – se licencia uno en afectividad.

El temible paso de enamorada a maltratada es cuestión, a veces, de un par de recreos. Y en la fiscalía de menores duele escuchar:

–Sí, me pega, pero le quiero…

También es comprensible el estupor de algunos centros de asistencia a víctimas de agresiones sexuales ante la postura de muchas adolescentes que se niegan a separarse, a pesar de su dramática situación:

–Me quiere mogollón, por eso lo hace…

Y así, sin apenas darte cuenta, se entra de cabeza en una casita en común donde todo pasa de puertas adentro. Con los años, por el miedo, la vergüenza o el deseo de proteger a los hijos se acaba instaurando el secreto familiar:

–Estamos bien, normal.

E irremediablemente aparece el síndrome de Estocolmo, pura estrategia de supervivencia:

–Hoy no me ha pegado, ha estado cariñoso.

El resto, en fin, de manual: espiral de violencia, merma de la autoestima… Y, en infinidad de casos, el perdón.

Claro que cuesta mucho sacudirnos razonablemente esa herencia cristiana, hasta que la muerte nos separe, y cuando tu vida es un culebrón, qué tentador es perdonar en nombre del amor. Bendita resignación…

No me extraña lo más mínimo que la comisión para la investigación de malos tratos a mujeres se haya alarmado por las opiniones de una gran parte de la juventud. Es lógico intuir que probablemente ahí esté uno de los gérmenes de la inagotable violencia doméstica.

Algo estaremos haciendo todos mal cuando, en plena edad del pavo, es tan sencillo confundir la mano que acaricia con el puño que golpea.

La peña debería aprender de una vez por todas que eso del amor, aunque mola mazo, tampoco es la hostia.