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Tejanos estrechos, moño de paisano y “El espacio vacío” debajo del brazo. Los teatreros del siglo pasado íbamos a renovar la escena mundial leyendo a Peter Brook en tren de cercanías. Sabíamos que en el teatro la imaginación llena el espacio pero cargábamos hasta los topes la furgoneta, por si acaso. Continue Reading

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He visto cosas que vosotros no creeríais. Cursos de oratoria por correspondencia, talleres para vencer la timidez a través de la hipnosis, consejos marcianos sobre cómo magnetizar a todo un patio de butacas vía Youtube.

He visto a gurús de la comunicación vendiendo recetas en power point y a excelentes comunicadores haciendo bolos sobre el arte de preparar y liderar reuniones.

He visto cursos organizados para sablear a opositores contumaces en permanente estado de ansiedad, empresarios talluditos memorizando apuntes de expresión corporal, actores en ciernes declamando a un buzón de voz, seminarios para buscar pareja estable, desempleados chutándose lambada por alcanzar la fama.

He visto coach de fin de semana expendiendo títulos de autoconfianza, desertores de las pymes que –en un par de mañanas- quieren hacerse bailarines, y cándidos cursillistas rezando a una libreta para que les cambie su vida.

¿Cómo triunfar hablando en público? Ni idea, francamente. Ni siquiera tengo nada claro qué es eso del triunfo. Pero ahí estás tú para despojarte del absurdo sentido del ridículo y, activando tu voz y tu cuerpo, lanzarte a probar. Verás entonces cómo sobra toda palabrería y lo único que funciona es tu propia práctica, esa experiencia individual que te hace diferente a los demás. Por eso no sirven las recetas. Ahí estás tú, tomando conciencia de tus recursos expresivos, compartiendo tu mundo con los demás y tomándote tiempo para jugar.

He visto ejecutivos tratando obstinadamente de ocultar con la palabra lo que dice su cuerpo, tímidos patológicos sacando a la luz el payaso oculto que llevan dentro. El teatro tiene esas cosas. De entrada quizá asuste un poco, pero cuando experimentas el placer del juego teatral, date por perdido, amigo, ya no puedes parar

Talleres de comunicación y expresión teatral

Sin autoconfianza y habilidades comunicativas nuestro trabajo corre el riesgo de convertirse en auténtica frustración. A través del humor perderemos el inoportuno sentido del ridículo que tantas veces nos atenaza en el ámbito laboral y sacaremos a la luz al actor que todos llevamos dentro.

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Niué. Under the coconuts.

La vida es un naufragio, pero no olvidemos cantar en los botes salvavidas

Lo dijo Voltaire y lo suscribimos este grupo de cómicos que vamos envejeciendo a la deriva, haciendo reverencias al ingenio y la coña existencial de maestros tan dispares como Ionesco, Tip y Coll, Samuel Beckett o los Monty Python. Sí, surrealismo sanador para sobrellevar una vida rara que, día a día, nos pasa por encima con sus fiascos, sus señuelos y la inquietante posverdad que marca, sin piedad, el rumbo de nuestra realidad virtual.

Y aquí seguimos fracasando a diario, de naufragio en naufragio, incomunicados entre tanta tecnología de la comunicación, pero deseando verles a ustedes ahí, en el horizonte, mostrarles nuestra isla y contagiarles nuestro disparatado humor. Dos actores, mucha isla y una pasión.

¡Acudan al rescate, por favor!

Maxi Rodríguez.

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Ojo, la comisión para la investigación de los malos tratos avisa: el 80 % de las chicas piensa que se puede maltratar a quien se quiere, y el 75 % de los chicos considera también que no existe relación entre la falta de amor y el maltrato. ¡Amar duele! La peña lo tiene clarísimo.

Asusta este oscuro «machismo de instituto» que se abre paso entre apuntes de Lengua y pegatinas de Cupido, mientras el docente se parte el pecho por una pedagogía de la convivencia y el entendimiento.

¿Cuántas campañas de prevención son necesarias para que los jóvenes dejen de vincular amor y violencia?, ¿qué está pasando para que un porcentaje tan alto crea que es posible maltratar a la pareja y quererla al mismo tiempo?

Desgraciadamente, por mucho esfuerzo transversal que se haga en el aula, y me pones en diez líneas «quién te quiere de modo enfermizo», y me copias cien veces «no hay amores que matan», la vida no cabe en una pizarra, y es ahí fuera, al otro lado de la verja, donde – para bien o para mal – se licencia uno en afectividad.

El temible paso de enamorada a maltratada es cuestión, a veces, de un par de recreos. Y en la fiscalía de menores duele escuchar:

–Sí, me pega, pero le quiero…

También es comprensible el estupor de algunos centros de asistencia a víctimas de agresiones sexuales ante la postura de muchas adolescentes que se niegan a separarse, a pesar de su dramática situación:

–Me quiere mogollón, por eso lo hace…

Y así, sin apenas darte cuenta, se entra de cabeza en una casita en común donde todo pasa de puertas adentro. Con los años, por el miedo, la vergüenza o el deseo de proteger a los hijos se acaba instaurando el secreto familiar:

–Estamos bien, normal.

E irremediablemente aparece el síndrome de Estocolmo, pura estrategia de supervivencia:

–Hoy no me ha pegado, ha estado cariñoso.

El resto, en fin, de manual: espiral de violencia, merma de la autoestima… Y, en infinidad de casos, el perdón.

Claro que cuesta mucho sacudirnos razonablemente esa herencia cristiana, hasta que la muerte nos separe, y cuando tu vida es un culebrón, qué tentador es perdonar en nombre del amor. Bendita resignación…

No me extraña lo más mínimo que la comisión para la investigación de malos tratos a mujeres se haya alarmado por las opiniones de una gran parte de la juventud. Es lógico intuir que probablemente ahí esté uno de los gérmenes de la inagotable violencia doméstica.

Algo estaremos haciendo todos mal cuando, en plena edad del pavo, es tan sencillo confundir la mano que acaricia con el puño que golpea.

La peña debería aprender de una vez por todas que eso del amor, aunque mola mazo, tampoco es la hostia.