El genio del espacio vacío

Tejanos estrechos, moño de paisano y “El espacio vacío” debajo del brazo. Los teatreros del siglo pasado íbamos a renovar la escena mundial leyendo a Peter Brook en tren de cercanías. Sabíamos que en el teatro la imaginación llena el espacio pero cargábamos hasta los topes la furgoneta, por si acaso.

Habíamos aprendido de carrerilla aquello del hombre que camina por el “escenario desnudo” mientras otro le observa. Ya. Eso es lo único necesario para realizar un acto teatral. Pero,uf, te liabas a cargar hierros, maderas, el cablerio y el barrerio (que decía Telvi) y terminabas ocupando… Demasiado.

Y es que la aparente simplicidad, la impecable sencillez del ser y del hacer está solo al alcance de los más grandes. Los genios. Y Peter Brook lo es. «Estoy borracho de tantas maravillas. Es increíble. Es el espectáculo más humilde y más grandioso», comentó William Layton (otro maestro, introductor de las técnicas de Stanislavski en España) después de asistir a la maratón del “Mahabharata” en Madrid, en el 85. Marsillach (que había sido recientemente nombrado director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico) declaró a la salida: “Es el espectáculo más impresionante que he visto en mi vida, lleno de talento e imaginación. Lo malo es que se queda uno hundido, porque es inevitable preguntarse: ‘¿Después de esto, qué hago yo?».

Y eso pensábamos todos, mientras andábamos “a la caza” de los montajes de Brook programados en España en algún Festival Internacional. Aquí, en Asturias, se representó “Woza Albert” en el Teatro Campoamor de Oviedo (en 1990, creo recordar.) Y pudimos comprobar, una vez más, la enorme facilidad de este prestigioso director de escena para conmover y provocar tantísima emoción en el espectador con una puesta despojada de elementos accesorios. El don de los grandes, una suerte de “pureza escénica” que convierte en genuino teatro desde un extenso texto épico-mitológico de la India a unos hechos cotidianos de los negros de Soweto. Espectáculos impagables que guarda uno en su retina como -en mi caso- el “wielopole wielopole” de Tadeusz Kantor o algún otro de Bob Wilson y Pina Bausch.

Que Peter Brook haya sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019 es una grandísima noticia para el teatro y para la cultura en general. Los teatreros del siglo pasado estamos en deuda permanente con un creador excepcional que marcó nuestra formación. Seguramente sus libros fueron los más estudiados de aquella estantería del Instituto del Teatro de la calle Trinidad. Nos gustaba pensar que algún día se nos pegaría algo del genio. Estoy convencido de que su “Marat-Sade” resultó inspirador para aquella “Carlota Corday” que dirigió Etelvino Vázquez en el 86 y donde tuve la suerte de trabajar. Escribo estas líneas frente a “La puerta abierta”, asomandome de nuevo a sus reflexiones sobre la interpretación y el teatro.

Alopécico perdido, echo la vista atrás y añoro aquel moño de paisano, los zancos aparcados, las ansias de renovar la escena mundial…

Solo queda celebrar el talento de los genios que, en nuestra profesión, nos iluminan un espacio y nuestra infinita torpeza para tratar de llenarlo.

Felicidades, maestro.

Artículo publicado en La Nueva España (25-04-2019)